jueves, 12 de enero de 2017

7 - Jaipur La ciudad rosa



Abrazamos finalmente esta ciudad de piedras color rosa y coral, con algunas construcciones mejores conservadas que otras.  Está construida en estuco, que pretende simular la arenisca. Este tono salmón es de buena suerte y símbolo de hospitalidad.

El caos envuelve esta urbe, capital de Rajasthan, llena de comercio, peatones, motoristas y basura. El eterno pitar de todos los medios de transporte nos abre el paso según podemos avanzar. Gracias a las obras de un metro futuro, en las que nadie trabaja, han cerrado nuestra calle, sin anuncio, y nos hemos visto obligados a mandarnos en contravía por varias calles. Esto es el mismísimo caos, del que no queda más que reírnos. La ciudad se rodea de una muralla con 10 entradas y diversos pasillos en los que antiguamente se circulaba y que ahora son viviendas, tiendas o espacios destinados al olvido.



Llegamos a nuestro hotel, un palacete que fuera residencia de una noble familia y que hoy en día despliega lujos de otros años para los que pasamos por aquí. Las paredes resguardan la fotos familiares y las de la nobleza de la época.



En el último piso está el restaurante tipo terraza en el que hay una agrupación que toca rítmicas músicas indias en tanto una joven bailarina danza en tandas que se cuentan según el número de cuencos que lleva en la cabeza. Completa 6, indemne, mientras los demás respiramos sin aliento.



Amanece con un poco de niebla. Camellos, monos, vacas, perros, cabras y cerdos se ven de lado y lado de la avenida. Paramos a tomar una foto y nos encontramos con el encantador de serpientes que nos deja disfrutar de este cliché local que resuena intensamente en el tímpano. Y más con los acordes de las inexpertas sopladoras del combo que se unen a esta fotográfica escena. 



Visitamos el Palacio del actual Marajá, el Hawa Mahal que es la torre trasera del palacio, el Jantar Matar que es un observatorio astronómico con varias invenciones interesantísimas para calcular la posición de los planetas, las horas y los signos zodiacales. 



Un poco más y ahí está, imponente, esta muralla que protege la ciudad desde lo alto de la montaña en Amber. Desde la parte baja divisamos camionetas willies agolpadas en las faldas del fuerte. Todo está logísticamente calculado para subir al turista en elefante, visitar el fuerte y el palacio, y bajarlo en estas naves militares.



Apuramos el paso y poco a poco se aclara un desfile de paquidermos con la cara y la cabeza pintadas  ataviados con sillas que parecen camas de muñeca en sus lomos, liderados por sus "conductores" que no pierden chance de pedir propina a la primera de cambio. La verdad no es tan cómodo ni es tan agradable como lo esperaba. Los elefantes se ven tristes y tanto acoso de los vendedores y fotógrafos locales dañan por completo la experiencia.



Ya arriba, andando por mis propias patas que tampoco saltan por ahora, nos espera un fascinante palacio de espejos. En este lugar, la reina podía entretenerse sin ser vista con los shows de bailarinas y luces de vela que le traía su Marajá para que no se aburriera tanto. 



Tenían su palacio de verano y el de invierno, claramente en tiempos en los que no se escatimaba en lujos. Están las vestimentas de sus ilustres habitantes y el regio salón central de audiencia donde se recibía a todas las visitas oficiales, como la nuestra.

De vuelta a la realidad somos atacados sin clemencia por los vendedores que no aceptan un "no" por respuesta y ya en nuestros willies volvemos al punto de inicio de esta travesía, con nuestras compras y álbumes de fotos.

Almorzamos a modo picnic en el restaurante buffet que nos lleva el guía y terminamos la tarde con un experto y entretenido vendedor  que nos muestra en la cooperativa el proceso de elaboración de las famosas alfombras voladoras, tan livianas y finas que parece que efectivamente fueran a volar. 



Regresamos apurando el tráfico entre las vías de esta pequeña ciudad, para salir a la búsqueda de ese camino que nos llevará de vuelta a Delhi para completar el triángulo dorado de la India. El tráfico de viernes es interminable. Llegamos rendidos tras más de 8 horas de risas, cabeceos y dolores de espalda sentados en nuestra van que pasará a buscarnos para una nueva aventura en la capital mañana a las 8.




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