Es difícil describir esa sensación propia de los abrazos después de tanto tiempo. Hoy por fin nos hemos reencontrado, después de varios años sin estar todos juntos. Cada uno de los retoños hemos tenido a bien, volar del nido indistintamente y a diferentes destinos. Andrés y Ritu llegaron después de varias horas de retraso y las lágrimas de emoción se desbordaron. Los papilos no cabían en su propia dicha. Finalmente somos 10 recorriendo el camino indiano en esta van hippie setentera.
Las distancias se hacen muy largas entre destino y destino. Prácticamente gastamos un día entero en desplazamientos entre una y otra ciudad, pero ya estando aquí, tan lejos de casa, tenemos que aprovechar lo que más podamos.
Hoy, camino a Goa, tuvimos dos horas de retraso en nuestro vuelo y un par de horas más de espera para encontrarnos por fin todos juntos. A eso, hay que sumarle 3 más de camino desde el aeropuerto en Panaji hacia North Goa en una carretera que recuerda los sesentas en Melgar. Comercio de lado y lado; gente, perros y vacas sin distingo y agolpados entre la carretera de doble vía y lo que quisiera ser un andén. Motos y carros continúan en ese eterno pitar que no cesa jamás, mientras cada quien busca su forma de transportarse en este circo.
Apagamos el aire y abrimos las ventanas. Los olores recuerdan a un Gualanday lejano, con esa mezcla de naturaleza y motor recalentado. Después de recorrer este infinito camino, por fin llegamos a nuestro playero hotel. Cena y a dormir, un gran último día del año nos espera.
La luz del día por fin hace visible este hermoso lugar con riadas al frente de la puerta y el mar de fondo. El clima se me antoja perfecto entre calorcito y brisa marina. La playa se hace infinita entre la arena oscura, el cielo azul y el eterno mar. Aparentemente estamos rodeados de rusos que hacen parte del 70% del turismo que llega a la zona entre octubre y abril, la temporada alta de estos lares. Durante los otros meses, los locales aprovechan para enlistarse en cruceros, privar suerte en Europa si tienen con qué solicitar el visado a Portugal o trabajar en hoteles del mundo árabe.
Ya en la noche nos alistamos para recibir el 2017. En el hotel han dispuesto el jardín central junto a la piscina para la cena de año nuevo, que incluye bebidas y comidas ilimitadas. El aprendizaje de la noche: no mezclar con bebidas locales.
Tras un primer día del año en playa, que alberga a cuanto ruso hay en el hotel y ya al final de la tarde, a muchos hombres indios que van en combo a "mirar" a las occidentales no tan cubiertas. El lleno total ocurre justo antes del atardecer. El mar se encoge y deja al menos 150 metros más de playa pese al fuerte oleaje. La arena es oscura, el agua clara y fría, y pese a los pronósticos, parece bastante limpia.
Hacemos un tour por la ciudad el segundo día. Nuestro guía local de una sola ceja, nos cuenta que esta zona es rica en turismo de temporada, exportación de metales y agricultura. Visitamos las iglesias locales de la herencia portuguesa, recorremos el barrio colonial y terminamos en la plaza de mercado (que huele a tripa de chivo descompuesta). Mucha peregrinación y poco fervor en la única ciudad de herencia lusa que aún resguarda los vestigios de un catolicismo que solo acoge a turistas selfie.
Ahora es el turno de las plantaciones de especias en un tour que incluye el almuerzo con productos orgánicos de la propia finca. Vemos pimienta, canela, nuez moscada, café, plátano, coco, limonaria, marañon, carambola, culantro, bambú y otras tantas especias locales.
Al final nos despiden con un tarzán indiano que trepa entre las palmeras con la agilidad de un quinceañera, aunque esté en sus entrados cincuentas. También con un fresco chorro de agua en la espalda con aroma a jazmín y lavanda como símbolo de una fresca ducha para el inclemente calor de la plantación.
Seguimos por estos caminos extraños que nos dejan ver fincas y plantaciones de lado y lado. Esta tierra color fuego se mete en la vista en ese infinito contraste de la montaña y del cielo que ya da paso a la noche. El atardecer en sus tonos naranjas nos trae la calma que necesitamos para descansar una noche más y esperar un nuevo amanecer camino a Delhi.






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