jueves, 29 de diciembre de 2016

2 - Koyna Express - Pune

Una mesa azul celeste desteñido con mejores días se sostiene por un latón que hace las veces de seguro, cede al primer suspiro con posibilidades de contagiar de tétano a todo el vagón. La ventana parece arrugada de tanto y tanto mugre del camino que lleva encima. Como nosotros, quizá. La silla, aunque cómoda, no permite olvidar esos mejores años en los que viajar en primera clase serían todo un lujo.

Vamos sentados en las últimas filas compartiendo la experiencia de este  Koyna Express que lleva tantos años como personas por metro cuadrado. La estación Victoria es la principal de Mumbai que acoge a más de seis millones de viajeros diarios en un servicio que está diseñado para no más de dos. A los bogotanos les sonará un caso muy parecido, seguramente -aunque no con mucho orgullo-.



Su fachada imponente contrasta con un interior que alberga miseria. Decenas de personas duermen cubiertos de cabeza a pies, refugiándose de las bajas temperaturas de la noche y buscando resguardo para sentirse protegidos. Nos miran como los turistas que somos mientras controladamente intentamos zigzaguear con las maletas entre estos cuerpos abultados. Un par de locales se acercan a ofrecernos ayuda a cambio de algunas rupias. Declinamos. Seguimos nuestra marcha hacia el andén que nos indica nuestro guía que parece moverse con la facilidad de quién ya lleva mucho aquí. 

El sol refleja sus rayos entre los pocos árboles que se divisan al fondo del todo. Unos minutos después, el tren hace su aparición entre esos rieles desgastados y colmados de basura y Dior sabrá de qué tantas otras cosas. Solo verlo me produce las primeras náuseas matutinas, que mi santa madre logra calmar a punta del olor a alcohol del antibacterial. Me cuesta mucho tener este bendito sentido agudo del olfato, que en destinos de este tipo, solo hacen mi existencia algo más compleja.



Unos cuantos minutos antes de partir, un asistente va pegando los listados de pasajeros al lado de la puerta del vagón para que cada quien tenga a bien verificar que efectivamente se encuentra en el lugar adecuado, pues el jefe pasara lista uno a uno con su fulminante sentencia: te queda o te vas. Este vagón especialmente se mantiene cerrado más tiempo que los demás, pues son muy cautelosos con los consabidos "colados".



Ya dentro, comienza un desfile de turistas y nativos intentando acomodar sus maletas en los escasos e incómodos compartimientos superiores. El ambiente se respira grato y todos vamos muy emocionados. El tren sale con algunos minutos de retraso, por lo que intuyo que la puntualidad inglesa es una de tantas cosas en desuso en este país deliciosamente caótico. 

Pocos minutos pasan y llegamos a la siguiente estación. La nuestra es la número 13, así que aún queda mucho por delante. La mañana transcurre entre cabeceadas, risas, bullying familiar  y chismorreo. Los vendedores ambulantes van y vienen con sus muchas viandas, entre canastos, baldes o cajas. En vez de servilletas, llevan pedazos de periódico para entregar lo que se asemeja a una empanada.  Hay almuerzos completos y calientes con todas sus salsas, cubiertos y aditamentos. Hay joyería "finísima" de la que viene en bolsa plástica transparente. Hay dulces, gominolas y cualquier cantidad de aromas que vienen y van con el desfile alimentario que no da tregua a mis náuseas permanentes. 



Nos cruzamos con trenes que llevan vagones de hombres separados de los de mujeres. Una medida apenas necesaria para tanto atropello, para tantísimo acoso. Las personas cuelgan de las puertas con más de media humanidad fuera aún con el tren en movimiento. Los pueblos sumergidos entre pilas de basura y con casas hechizas de arquitectura y diseños dispares recuerdan la realidad de un país muy, muy pobre que sufre tanto como el nuestro.

Por fin se acerca nuestro destino y procedemos con un desfile de parientes y maletas que deja atónitos a todos los que permanecen en la acera. Al fin y al cabo los raros somos nosotros. Subimos como bien podemos las escaleras y tras negociar con el jefe de la manada, procedemos a montarnos en los mini taxis llamados Rickshaws, que no son otra cosa que el mismísimo demonio andante.




Jamás había apretado tanto culo en la vida. Comprobé las leyes de la física, le recé a Dios, Budda, Ganesh, Alá y a todos Los Santos. Ultrapasamos a todos los demás parientes de la caravana en una carrera que asemejaba la peli esa de la carrera de la muerte. Al fin llegamos al mentado hotel que nos recibe gratamente.

Unas horas más tarde estoy empelotas en una sala con camilla de madera siendo atendida por una oriunda experta en masaje ayurvédico. Sus manos se deslizan entre los aceites medicinales recetados por el doctor que ha escuchado atentamente mis males y que se llevan todo lo pesado de este recorrido que nos ha traído hasta esta ciudad al sur oriente de Mumbai. Su decreto médico y alternativo: masaje, sauna y descanso. Nada que no me digan los de medicina convencional, pero todo para este cuerpito que ya no da más de sí.

Procedo a ducharme y casi por arte de magia termino este día maravilloso sumergida en el equivalente hindú de Morfeo. 

¡Dulces sueños! #Namasté🙏🏻🇮🇳

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