martes, 27 de diciembre de 2016

1- La perla India


La Navidad ha quedado perdida entre vuelos y aeropuertos que nos llevan a un mundo desconocido. Nuestros ojos, aún adormilados, luchan contra el cansancio de de tardes noches y mañanas prontas. El avión es un abrebocas de lo que nos espera. Las azafatas pasan en sus uniformes ocre impolutos que hacen juego con una gran sonrisa de bienvenida.  Por fin, llegamos, a un aeropuerto con alfombras de vistosas formas y lujosos acabados.  Localizamos a nuestro guía que nos recibe con collares de flores. Recorremos la brumosa noche de la Bombay de otrora, cabeceando el cansancio acumulado a cuestas. Ya en el hotel, quedan apenas unas horas para comenzar el día.



El Índico manso golpea lentamente en la costa. Una puerta milenaria e inmensa abre los ojos a una cultura llena de contrastes. Saris coloridos de transeúntes nativos llenan la vista con la alegría de sonrisas blancas que contrastan con sus pieles canela. Huele a especias, huele a mar. El calorcito delicioso nos arrulla entre tantos estímulos que lo agudiza todo.

Se acerca una familia entera y me piden hacernos una foto. No llegan en estatura ni a mi hombro. Les abrazo, sonrío. Me llenan el alma con la ilusión de su mirar. Al final, la extraña soy yo y su ilusión de acercarnos y entendernos es la misma mía.

Nuestra guía se llama Subba. Bueno, un nombre mucho más largo, con tantas consonantes y vocales, como amplitud en su  bondad. Intenta controlarnos bajo los vericuetos de una ciudad que se rige entre el  eterno sonar de las bocinas de coches, algunas bicis y muchos caminantes que sin distingo, transitan entre la vía y lo que queda de andén. La brumosa iluminación contrasta con su arquitectura gótica que recuerda los ancestros ingleses y que ha dejado a esta perla sumergida en una concha de otros tiempos más suntuosos.

Vamos a la Universidad de Mumbai, a la estación Victoria, al barrio más prestante. Conocemos la lavandería, un barrio cuyos habitantes se dedican desde hace generaciones a lavar ropa por encargo que traen varios camiones en atados gigantescos. El gobierno ha querido proteger la tradición para garantizar la subsistencia de tantas familias, cuyos hombres golpean la ropa a punta de palo para sacar mugre y las manchas de quienes lo pueden pagar.



Ahora es Gandhi quien nos recibe  en una casa de su amigo que han hecho museo, tras su visita a la ciudad entre 1917 y 1934. Desde ese balcón que acogía eternas charlas y pensamientos, que guarda aún su esencia y filosofía, lanzó su Satyagraha  y realizó el llamado a la desobediencia civil.  
"Creo en la verdad fundamental de todas las religiones del mundo...Religiones dadas a la humanidad para acelerar el proceso de realización de la unidad fundamental".

Subba nos apura para llegar a tiempo a las ofrendas que se harán en el templo. Dejamos los zapatos fuera, como señal de respeto y de dejar nuestros pasos atrás. A lo lejos suenan cantos que van ambientando lo que nos espera. En el segundo piso de este palacio rosa está un gran salón con pisos de madera y puertas con marcos tallados. Al fondo, un templo con dioses y animales en un paraíso colorido que bendice un monje con luz e incienso, mientras los demás cantan mantras. Shiva Shivana, hare hare. Turistas felices acompañan el ritual con sus palmas. Los tambores y cuencos limpian nuestras almas con sus vibraciones y ritmos.  Todo es emoción en esta atmósfera de hermandad y paz. Las lágrimas caen solas de tanta felicidad. Un grupo de orientales hacen un círculo para danzar. Algunos del grupo se apuntan al baile, mientras les veo desde la fragilidad de mi pie fallido e intento acompañarles con mi luz. 

A la salida, algunas ofrendas que permiten que te lleves la luz y paz bendecida de los dioses. Una es una mezcla de leche de coco y especias, la otra, unas galletitas de mantequilla. Ya en el primer piso quienes participan del Ashram hacen fila para comer su arroz con salsa de curry y vegetales.

Volvemos a nuestros incómodos calzados. Llega la hora de comer y corremos entre calles atiborradas y pasarelas coloridas de maravillosas vestimentas. Cuesta no antojarse de llenar el armario con tanto modelito. Un restaurante de lo más titino nos recibe frente a la cocina que disfrutamos desde el otro lado del vidrio. La humareda deja entrever a los cocineros que giran los Nahn, esos panes simples que acompañan todos los sabores complejos. El sabor de nuestro pollo massala sube hasta ese espacio entre la nariz y los ojos y estalla en la boca en una fiesta de especias y yogurt. El arroz basmati, dos veces el largo de los que había comido, disminuye el picante de nuestro salsudo cordero. El pescado, troceado y pinchado para ser introducido en un horno de piedras y carbón, nada entre una salsa de menta y almendras que pica dulcemente.

Subba sigue contándonos sobre las costumbres locales y nosotros embebidos en los sabores y misterios de los encantos indianos. La jornada termina con las compras en un almacén que han cerrado solo para nosotros. El dueño, con la cinta de metro colgada en el cuello da órdenes a sus ayudantes para que saquen y saquen ropa de las eternas filas apiladas en todos los muros que nos rodean. En la sala estamos solo las mujeres, sentadas en suntuosas sillas de terciopelo granate. Al final, salimos con varias bolsas de más y varias rupias de menos.

La tarde termina con nuestra charla familiar, en la que comentamos lo que más nos gusta y las oportunidades de mejora de cada uno. En este café donde compartimos una pizza, lo primero que comemos que no pica, todo está tranquilo en la casa estudio, sin eliminados ni amenazados por convivencia. Mañana, otra aventura nos espera atravesando otro tramo camino a Pune. Por ahora dejamos en su concha a esta perla indiana y nos llevamos con nosotros la belleza de su esencia y el asombro de su magnitud. #Namasté🙏🏻

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