jueves, 29 de diciembre de 2016

3 - Vinotinto: Pune

Una a una caen las hojas lentamente desde los altos árboles que hacen sombra a casi todo el lugar. Es un paraíso verde. El reflejo de los rayos de este sol delicioso mañanero brilla en su dulce danza que acaba en ese lago lleno de peces color naranja. Al fondo, una cascada que arrulla con su caída. En el centro de este jardín Zen, un Budda de mármol blanco resguarda el silencioso espacio y da la bienvenida a los visitantes.


Túnicas granate deambulan meditabundas o sonrientes a lo lejos. Estamos en el Ashram de Osho, un lugar para la meditación y el descanso del cuerpo y la mente situado en Pune. Es la principal atracción de la zona. Año tras año, este centro de meditación abre sus puertas para brindar un espacio de relajación y encuentro a miles de personas provenientes de muchos lugares del mundo.

Indios, suecos, españoles, italianos, brasileros, israelitas, americanos. En este espacio todos somos iguales y por eso vestimos igual. El ingreso incluye una completa agenda de terapias y de encuentros, así como terapias personalizadas para trabajar el cuerpo, la creatividad, la energía y  distintas habilidades de meditación y respiración.

Con dos grandes espacios atravesados por una vía principal, este centro de meditación lo tiene todo calculado. Alojamiento para sus huéspedes más intensivos, comedores y restaurantes de comida vegetariana, piscina y facilidades. Tan solo basta querer hacerlo, tener billete y hacerse una prueba de HIV. Y obvio, viajar más de 40 horas desde Colombia para llegar acá.

Osho es uno de los muchos gurús que predica el amor consigo mismo y con su entorno. Toma lo mejor de cada religión para hacer de sus creencias un espacio pleno de equilibrio entre el alma y el cuerpo. Y como solo algunos lo han hecho, se dedicó a escribir sus pensamientos uno a uno para compartirlos con la humanidad. Son más de 600 libros y miles de conferencias en audio y vídeo, traducidos a varios idiomas.

Osó criticar a las religiones, a las orientaciones políticas extremistas e inclusive, hasta a Gandhi. Esto le costó la enemistad de varios gobiernos y la constante crítica de diversas facciones. Su enseñanza hace hincapié en la importancia de la meditación, así como en el sincretismo de otras virtudes como el buen humor, la creatividad e inclusive, el romper los mitos del sexo, visto como una necesidad más a satisfacer que permite transformar la energía y que es más que bienvenida. La celebración, la risa, el baile, son entre otras muchas cosas, permitidas, celebradas y animadas en sus muchas formas. Claramente en ello enfatiza su encanto....(obvio, para mí).

De vuelta en la plaza central todo es alegría y emoción. Los abrazos, las risas, los namasté se multiplican creando una atmósfera llena de la mejor energía. Somos almas en busca de respuestas, de amor, de iluminación y este pedacito de cielo en la tierra hace posible que sea más fácil alcanzarlo.



Disfruto de este espacio de puntos color granate tanto como de un buen vino tinto. El día termina pronto, y aunque agotados, volvemos todos felices a disfrutar de la magia del ocaso un poco antes de las seis. Las hojas seguirán cayendo una a una. También lo harán nuestros miedos e imposibilidades. Todo se transforma y el cambio me hace más feliz.



#Namasté🙏🏻🇮🇳


2 - Koyna Express - Pune

Una mesa azul celeste desteñido con mejores días se sostiene por un latón que hace las veces de seguro, cede al primer suspiro con posibilidades de contagiar de tétano a todo el vagón. La ventana parece arrugada de tanto y tanto mugre del camino que lleva encima. Como nosotros, quizá. La silla, aunque cómoda, no permite olvidar esos mejores años en los que viajar en primera clase serían todo un lujo.

Vamos sentados en las últimas filas compartiendo la experiencia de este  Koyna Express que lleva tantos años como personas por metro cuadrado. La estación Victoria es la principal de Mumbai que acoge a más de seis millones de viajeros diarios en un servicio que está diseñado para no más de dos. A los bogotanos les sonará un caso muy parecido, seguramente -aunque no con mucho orgullo-.



Su fachada imponente contrasta con un interior que alberga miseria. Decenas de personas duermen cubiertos de cabeza a pies, refugiándose de las bajas temperaturas de la noche y buscando resguardo para sentirse protegidos. Nos miran como los turistas que somos mientras controladamente intentamos zigzaguear con las maletas entre estos cuerpos abultados. Un par de locales se acercan a ofrecernos ayuda a cambio de algunas rupias. Declinamos. Seguimos nuestra marcha hacia el andén que nos indica nuestro guía que parece moverse con la facilidad de quién ya lleva mucho aquí. 

El sol refleja sus rayos entre los pocos árboles que se divisan al fondo del todo. Unos minutos después, el tren hace su aparición entre esos rieles desgastados y colmados de basura y Dior sabrá de qué tantas otras cosas. Solo verlo me produce las primeras náuseas matutinas, que mi santa madre logra calmar a punta del olor a alcohol del antibacterial. Me cuesta mucho tener este bendito sentido agudo del olfato, que en destinos de este tipo, solo hacen mi existencia algo más compleja.



Unos cuantos minutos antes de partir, un asistente va pegando los listados de pasajeros al lado de la puerta del vagón para que cada quien tenga a bien verificar que efectivamente se encuentra en el lugar adecuado, pues el jefe pasara lista uno a uno con su fulminante sentencia: te queda o te vas. Este vagón especialmente se mantiene cerrado más tiempo que los demás, pues son muy cautelosos con los consabidos "colados".



Ya dentro, comienza un desfile de turistas y nativos intentando acomodar sus maletas en los escasos e incómodos compartimientos superiores. El ambiente se respira grato y todos vamos muy emocionados. El tren sale con algunos minutos de retraso, por lo que intuyo que la puntualidad inglesa es una de tantas cosas en desuso en este país deliciosamente caótico. 

Pocos minutos pasan y llegamos a la siguiente estación. La nuestra es la número 13, así que aún queda mucho por delante. La mañana transcurre entre cabeceadas, risas, bullying familiar  y chismorreo. Los vendedores ambulantes van y vienen con sus muchas viandas, entre canastos, baldes o cajas. En vez de servilletas, llevan pedazos de periódico para entregar lo que se asemeja a una empanada.  Hay almuerzos completos y calientes con todas sus salsas, cubiertos y aditamentos. Hay joyería "finísima" de la que viene en bolsa plástica transparente. Hay dulces, gominolas y cualquier cantidad de aromas que vienen y van con el desfile alimentario que no da tregua a mis náuseas permanentes. 



Nos cruzamos con trenes que llevan vagones de hombres separados de los de mujeres. Una medida apenas necesaria para tanto atropello, para tantísimo acoso. Las personas cuelgan de las puertas con más de media humanidad fuera aún con el tren en movimiento. Los pueblos sumergidos entre pilas de basura y con casas hechizas de arquitectura y diseños dispares recuerdan la realidad de un país muy, muy pobre que sufre tanto como el nuestro.

Por fin se acerca nuestro destino y procedemos con un desfile de parientes y maletas que deja atónitos a todos los que permanecen en la acera. Al fin y al cabo los raros somos nosotros. Subimos como bien podemos las escaleras y tras negociar con el jefe de la manada, procedemos a montarnos en los mini taxis llamados Rickshaws, que no son otra cosa que el mismísimo demonio andante.




Jamás había apretado tanto culo en la vida. Comprobé las leyes de la física, le recé a Dios, Budda, Ganesh, Alá y a todos Los Santos. Ultrapasamos a todos los demás parientes de la caravana en una carrera que asemejaba la peli esa de la carrera de la muerte. Al fin llegamos al mentado hotel que nos recibe gratamente.

Unas horas más tarde estoy empelotas en una sala con camilla de madera siendo atendida por una oriunda experta en masaje ayurvédico. Sus manos se deslizan entre los aceites medicinales recetados por el doctor que ha escuchado atentamente mis males y que se llevan todo lo pesado de este recorrido que nos ha traído hasta esta ciudad al sur oriente de Mumbai. Su decreto médico y alternativo: masaje, sauna y descanso. Nada que no me digan los de medicina convencional, pero todo para este cuerpito que ya no da más de sí.

Procedo a ducharme y casi por arte de magia termino este día maravilloso sumergida en el equivalente hindú de Morfeo. 

¡Dulces sueños! #Namasté🙏🏻🇮🇳

martes, 27 de diciembre de 2016

1- La perla India


La Navidad ha quedado perdida entre vuelos y aeropuertos que nos llevan a un mundo desconocido. Nuestros ojos, aún adormilados, luchan contra el cansancio de de tardes noches y mañanas prontas. El avión es un abrebocas de lo que nos espera. Las azafatas pasan en sus uniformes ocre impolutos que hacen juego con una gran sonrisa de bienvenida.  Por fin, llegamos, a un aeropuerto con alfombras de vistosas formas y lujosos acabados.  Localizamos a nuestro guía que nos recibe con collares de flores. Recorremos la brumosa noche de la Bombay de otrora, cabeceando el cansancio acumulado a cuestas. Ya en el hotel, quedan apenas unas horas para comenzar el día.



El Índico manso golpea lentamente en la costa. Una puerta milenaria e inmensa abre los ojos a una cultura llena de contrastes. Saris coloridos de transeúntes nativos llenan la vista con la alegría de sonrisas blancas que contrastan con sus pieles canela. Huele a especias, huele a mar. El calorcito delicioso nos arrulla entre tantos estímulos que lo agudiza todo.

Se acerca una familia entera y me piden hacernos una foto. No llegan en estatura ni a mi hombro. Les abrazo, sonrío. Me llenan el alma con la ilusión de su mirar. Al final, la extraña soy yo y su ilusión de acercarnos y entendernos es la misma mía.

Nuestra guía se llama Subba. Bueno, un nombre mucho más largo, con tantas consonantes y vocales, como amplitud en su  bondad. Intenta controlarnos bajo los vericuetos de una ciudad que se rige entre el  eterno sonar de las bocinas de coches, algunas bicis y muchos caminantes que sin distingo, transitan entre la vía y lo que queda de andén. La brumosa iluminación contrasta con su arquitectura gótica que recuerda los ancestros ingleses y que ha dejado a esta perla sumergida en una concha de otros tiempos más suntuosos.

Vamos a la Universidad de Mumbai, a la estación Victoria, al barrio más prestante. Conocemos la lavandería, un barrio cuyos habitantes se dedican desde hace generaciones a lavar ropa por encargo que traen varios camiones en atados gigantescos. El gobierno ha querido proteger la tradición para garantizar la subsistencia de tantas familias, cuyos hombres golpean la ropa a punta de palo para sacar mugre y las manchas de quienes lo pueden pagar.



Ahora es Gandhi quien nos recibe  en una casa de su amigo que han hecho museo, tras su visita a la ciudad entre 1917 y 1934. Desde ese balcón que acogía eternas charlas y pensamientos, que guarda aún su esencia y filosofía, lanzó su Satyagraha  y realizó el llamado a la desobediencia civil.  
"Creo en la verdad fundamental de todas las religiones del mundo...Religiones dadas a la humanidad para acelerar el proceso de realización de la unidad fundamental".

Subba nos apura para llegar a tiempo a las ofrendas que se harán en el templo. Dejamos los zapatos fuera, como señal de respeto y de dejar nuestros pasos atrás. A lo lejos suenan cantos que van ambientando lo que nos espera. En el segundo piso de este palacio rosa está un gran salón con pisos de madera y puertas con marcos tallados. Al fondo, un templo con dioses y animales en un paraíso colorido que bendice un monje con luz e incienso, mientras los demás cantan mantras. Shiva Shivana, hare hare. Turistas felices acompañan el ritual con sus palmas. Los tambores y cuencos limpian nuestras almas con sus vibraciones y ritmos.  Todo es emoción en esta atmósfera de hermandad y paz. Las lágrimas caen solas de tanta felicidad. Un grupo de orientales hacen un círculo para danzar. Algunos del grupo se apuntan al baile, mientras les veo desde la fragilidad de mi pie fallido e intento acompañarles con mi luz. 

A la salida, algunas ofrendas que permiten que te lleves la luz y paz bendecida de los dioses. Una es una mezcla de leche de coco y especias, la otra, unas galletitas de mantequilla. Ya en el primer piso quienes participan del Ashram hacen fila para comer su arroz con salsa de curry y vegetales.

Volvemos a nuestros incómodos calzados. Llega la hora de comer y corremos entre calles atiborradas y pasarelas coloridas de maravillosas vestimentas. Cuesta no antojarse de llenar el armario con tanto modelito. Un restaurante de lo más titino nos recibe frente a la cocina que disfrutamos desde el otro lado del vidrio. La humareda deja entrever a los cocineros que giran los Nahn, esos panes simples que acompañan todos los sabores complejos. El sabor de nuestro pollo massala sube hasta ese espacio entre la nariz y los ojos y estalla en la boca en una fiesta de especias y yogurt. El arroz basmati, dos veces el largo de los que había comido, disminuye el picante de nuestro salsudo cordero. El pescado, troceado y pinchado para ser introducido en un horno de piedras y carbón, nada entre una salsa de menta y almendras que pica dulcemente.

Subba sigue contándonos sobre las costumbres locales y nosotros embebidos en los sabores y misterios de los encantos indianos. La jornada termina con las compras en un almacén que han cerrado solo para nosotros. El dueño, con la cinta de metro colgada en el cuello da órdenes a sus ayudantes para que saquen y saquen ropa de las eternas filas apiladas en todos los muros que nos rodean. En la sala estamos solo las mujeres, sentadas en suntuosas sillas de terciopelo granate. Al final, salimos con varias bolsas de más y varias rupias de menos.

La tarde termina con nuestra charla familiar, en la que comentamos lo que más nos gusta y las oportunidades de mejora de cada uno. En este café donde compartimos una pizza, lo primero que comemos que no pica, todo está tranquilo en la casa estudio, sin eliminados ni amenazados por convivencia. Mañana, otra aventura nos espera atravesando otro tramo camino a Pune. Por ahora dejamos en su concha a esta perla indiana y nos llevamos con nosotros la belleza de su esencia y el asombro de su magnitud. #Namasté🙏🏻